No sé qué película no vi (no presté mucha atención a la pantalla, la verdad), pero sí recuerdo todo lo que pasó allí dentro. Y eso que han pasado bastantes años. Me quedé esperando en el pasillo, viendo carteles, hasta que entró en la sala. Se sentó delante. Cuando se apagaron las luces, me puse en su misma fila, dejando un par de asientos vacíos entre los dos. No había nadie alrededor, estábamos casi solos, en una sala enorme. Las tigresas, cuando sabemos que nuestras presas están desprevenidas, atacamos certera y despiadadamente: sin conceder segundas oportunidades, sin dejar que nuestras víctimas puedan recuperarse de nuestra primera embestida. Me camuflé, calzándome las gafas de sol, me acerqué a él agachada, para que no me vieran los pocos que había detrás y, cogiéndole por sorpresa, aparté su pierna y me senté en el suelo, entre sus rodillas. Le dije algo así como (ya veis que también puedo ser peliculera): «Hola, ¿quieres pasártelo bien o prefieres seguir viendo este bodrio?» Le costó reaccionar, pero acabó respondiéndome con una sonrisa. Sin cortarme un pelo, le bajé la cremallera de la bragueta de un tirón, metí la mano y, ¡sorpresa!, me encontré directamente con una mata de pelos y un trozo de carne que aún se estaba desperezando. Que estuviera sin gallumbos me excitó más aún, no sé por qué. Me arrodillé y se la saqué, mientras él luchaba con el cinturón. Me encontré con una verga muy distinta de la de Jaime. Más corta y más gruesa. Me la tragué entera, antes de que se hubiera endurecido. Me encanta sentir cómo crecen, cómo se ponen más y más duras dentro de mi boca. Con Jaime, por cierto, suelo hacerlo después del primer polvo, los días en que mi montañero favorito no está demasiado en forma y le cuesta recobrarse para el segundo. Pero, a lo que iba, me la zampé, y empezó a ponerse más y más gorda, gordísima. Entonces no podía imaginar lo gorda que era, porque al fin y al cabo era la segunda que me metía en la boca. Ahora, que ya he catado bastantes, es cuando puedo decir que era gordísima. Menos mal que sólo usé la boca, si me hubiera perforado el culo o el coñito aún estaría reponiéndome. En fin, a lo que iba, cuando dejó de crecer, de engordar y engordar, dejé de usar la lengua, más que nada porque apenas podía usarla con el pollón dentro, y empecé a sacarla y a meterla de la boca, a respirar y a engullir, de arriba abajo, sin descanso, forzando al máximo los labios, chupando con fuerza, mientras el profe me acariciaba la melena y, como quien no quiere la cosa, marcaba el ritmo de mi cabeza con pequeños toques. De repente, quizá demasiado pronto, empezó a decir, muy bajito, «me voy, me voy». Apenas tuve tiempo de apartarme. Pringó la butaca de enfrente. Sentada a su lado, rechazé sus torpes intentos de bucear bajo mi minifalda. Cogí su manaza y dejé, en cambio, que me sobara las tetas. Cuando empezó a acariarme un pezón, me acordé de mi plan original: me acerqué un poco más a él y le susurré al oído «¿Es la primera vez que una alumna te la chupa?» Si le atravieso con una espada no se lleva un susto tan grande. Me quitó las gafas y, en la penumbra del cine, intentó reconocerme. «¿No te acuerdas de mi lesión de abductores?». Esta vez el que abrió la boca al máximo fue él. Antes de largarme le pregunté si me merecía un sobresaliente.
Del gran blog sobre sexo Diario de una tigresa




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