Se pueden poner mil excusas, es cierto, pero lo que cuenta al final son las sensaciones y, sobre todo, los resultados. Y en el caso del Sevilla, ambas cosas son malas.
Los resultados son evidentes y ahí están: en doce partidos de liga siete derrotas, y tres de ellas en casa. Decimos a diez puntos del objetivo (liga de campeones), y ¡a sólo tres puntos del descenso! Creo que está todo dicho.
En cuanto a las sensaciones, la cosa no es mucho mejor. El equipo que apabullaba a sus rivales los dos últimos años, sobre todo en casa, ha desaparecido y, en su lugar, hay un equipo descorazonado, apático, lento, previsible, desconfiado, sin chispa, pero, sobre todo, sin esa moral a prueba de bombas que mostraba no hace tanto tiempo. Eso sí, tienen muy buenos jugadores, y eso te da para ganar muchos partidos, pero no para rememorar no tan viejos laureles.
Jiménez, que reconozco que no es santo de mi devoción, creo que se equivoca gravemente con su política de “no rotaciones”. Si Juande hacía algo bien era que tenía enchufado a veinte jugadores. Jiménez, por su parte, sólo cuenta con once, doce o trece… y el resto de la plantilla tiene que tener un cabreo como para pedirle dinero.
El Sevilla va camino de acabar octavo este año, y tiempo al tiempo, eso puede provocar un éxodo de futbolistas que puede hacer temblar los cimientos del club.
Hagamos una reflexión: entre los que acabarán el año “quemaos” con Jiménez por no jugar y querrán cambiar de aires (Kerzhakoz, Kone, Maresca, Renato, Hinkel, Chevanton, De Mul), y los que sus representantes dirán eso de “Su ciclo aquí ya ha terminado y tienen ofertas de equipos importantes” (Alves, Adriano, Poulsen, Keita, Kanoute ), el Sevilla puede tener un futuro muy complicado.
Mientras, que se agarren a la Champions, que lideren el peor grupo de la historia de la Liga de Campeones, y que la disfruten mientras dure, que quién sabe el tiempo que tendrá que pasar para que Sevilla vuelva a ser “Ciudad de Champions”.
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